lunes, 5 de noviembre de 2012

insommanía

insommanía
 
La inquietud crecía. En la cama, bajo la sábana, entreví con algo de sorpresa que un clamor me acompañaba, silencioso, insidioso. Se acumuló sordo dentro de mí hasta brotar insospechado. De la nada. De lo invisible. De pronto. De la piel. La piel como órgano, su extensión, su contacto, sus cambios de temperatura. Pulsiones la surcaban, como una fiebre soterrada. Frontera de mí mismo, anunciaba paso a paso la cadena de espacios ocupados, insoportable, incómoda, extraña, perversamente viva, burbujeante, queriendo desprenderse, renunciar a su puesto, abandonarme. Desnudarme.

Mi piel rebelde anunciándose a sí misma, sublevada, alzada contra la tiranía (¿de quién?).
Los poros inquietos se abrían y se cerraban a destiempo, unidad destrozada, acentuando los contrastes ínfimamente tortuosos, aire, tela, carne, hilo, borde, vello, cóncavo, declive, humedad,  gradiente, filtro, colores erráticos, esquizo-piel, islas de calores erráticos desplazándose, mezclándose, desapareciendo, deriva continental, sensibilidades de frecuencia modulada, amplitud modulada.

Al principio, los temblores fueron imperceptibles. Ondas pequeñas, vibraciones que resonaban breves y desaparecían. Pero después empezaron a articularse, a extenderse. Líneas increíbles estallaban esparciéndose y configuraban por un segundo superficies irreconocibles, anatomías sin nombre, partes impensables de un cuerpo fugaz.

El cansancio aumentaba. El sueño era imposible e inevitable, un puerto de brumas amarillas y naranjas en el confín de una tormenta lenta y terrible como un derrumbe submarino.

Esta cosa alienada y alienígena que me cubre, sujeta con fuego la carne y la sacude a voluntad. Al mismo tiempo, nada hay más natural que los movimientos que propone. A cada paso se acoplan indistinguibles del propio fluir de los estímulos que me rodean, de mis propios pensamientos y decisiones, como si no fuera más que una simple membrana. Nada cambia. Pero no me engaño.

Desde aquí dentro, comprendo. Sonrío.

Mi piel, un animal que me ha tragado entero y me digiere de a poco.

Mi piel es la bolsa
del hombre de la bolsa.

No hay comentarios:

Publicar un comentario